He roto y vuelto a romper todas las ideas que salen de mi cabeza y han ido a parar a una hojita blanca, buscando la idea original, la del millón de aplausos, la que reviente las pupilas del que lea mi ensayo. Este escrito es destinado a explicar lo que un libro puede dejar en mí, mas es complicado, porque un libro contiene miles de textos si se lee con atención.
La obra es “El guardián entre el centeno” del difunto Jerome David Salinger, puedo contar lo que me pareció: un muchacho harto de la cotidianeidad sale al mundo; su actitud es hipócrita porque critica la falsedad y él es más falso que las rosas negras; sale en busca una aventura; intenta resolver su adolescencia para ser tomado como un hombre; llega la decepción y una soledad gigantesca lo abruma, ésta es tomada por locura; cree entender al mundo; etcétera, alguien más ya dijo esto.
Por tanto las palabras que puedo decir en las próximas dos cuartillas están destinadas al fracaso y al olvido, tal vez, sólo tal vez, puedan acarrearme alguna felicitación de parte de mi profesor, de algún compañero que por curiosidad pida leer estas letras, que son torpes a comparación de las que saldrán de mí en unos años cuando cumpla la sentencia que elijo, la de escribir.
Sigo pensando en lo que puedo decir en mi ensayo, pero las interpretaciones son tantas que fácilmente puedo descartar todas por la falta de originalidad. ¿Qué habrá querido decir Salinger? No lo sé, francamente no me importa, es algo muy suyo como para que yo me ponga a interpretar algo que seguro le costó varios días decir y pensar.
Me imagino al buen señor carilargo tomando notas en alguna servilleta o bajo una lamparita con pluma en mano, borrando y tropezando con tu torpeza corregida con entusiasmo para dar vida a un buen libro. Sin embargo no es nada singular imaginar esto.
La cabeza ahora camina a marchas forzadas, pienso que debería tirar este ensayo a la basura; pero ya lo he reescrito tres veces y una quinta sería una humillación. Les cuento que en el primer intento traté de definirme a mí mismo a través de Holden Caufield; en el segundo busqué en la admiración que los muchachos como de mi edad tienen hacia las mujeres; en el tercero decidí interpretar con maestría y aplomo cada una de las figuras retóricas que Salinger utiliza, pero me pareció absurdo, así que hablaré de los libros en general y no de uno sólo.
Pienso y creo que lo hago con certeza, que no importa la calidad con la que sea escrito un libro, la gente seguirá sin leer. Si pudiera por casualidad o causalidad hacer que de mi mente, de mi corazón y mi tinta brote el mejor libro de todos los tiempos, superando a la biblia misma, al Quijote entero y a todas esas obras maestras que no he leído aún, la gente seguiría sin poner un ojo en la literatura; no es pesimismo, ni falta de fe, porque aún así lo intentaré, me gustaría que todos leyeran, que hubiera un libro que como por arte de magia acercara a la gente a la lectura, pienso que así el mundo sería un lugar más tranquilo.
Dejando las falacias de lado, todos los libros nacen porque la palabra es necesaria, es un rubí de leche sobre la lengua y es el único modo que se ha encontrado hasta el momento para vencer al tiempo, el ejemplo claro es que todos los escritores muertos (como Salinger), siguen brindando al mundo una cara interesante, viviendo en la mente de las personas, como los que hemos leído “El guardián entre el centeno” y hemos pensado “me la paso el día entero diciendo que estoy encantado de haber conocido a personas que me importan un comino.”[1]
Podemos atribuir ejemplos históricos, pero sería cansado citar y citar y hacer de esto algo realmente literario. Todos los escritores creo yo deben huir de la literatura y solamente ser bien sinceros consigo mismos y con lo que quieren decir, aquel que quiera hacer literatura está muy lejos de hacerla, porque los hombres que más artistas se sienten son los que menos arte albergan en su alma.
Los libros por tanto son necesarios y útiles para la mente, leer es un acto puramente existencial, es concientizar el destino, jugar con el rumbo de éste, es un diálogo depurado con las grandes mentes del mundo, sentir en carne viva la emoción de alguien ajeno, leer atribuye conceptos, ideas, el que lee es dueño absoluto de un don que se elige, abrir la mente, viajar, s y todas esas cosas que nos liberan.
Yo he leído y puedo decir que es un acto necesario para todo ser, porque entender nos permite modificar, moldear y leer nos regala el entendimiento. Pocos hombres se atreven a pensar algo realmente distinto, a contestarse las preguntas que lo envuelven y lo maldicen, a caminar por senderos más recónditos, por pasajes del alma donde la luz no llega a menos que se ilumine el pensamiento; ellos que caminan por la oscuridad del ser, son llamados locos, cínicos o genios y dan forma a la vida que conocemos, pero la mayoría de ésos lo apuesto, son los que han leído varios libros en su vida.
